Depresión

La depresión, muchas veces subestimada, es una de las patologías psíquicas más extendidas. Además, es la segunda causa de invalidez a nivel mundial tras el dolor de espalda. ¿Pero cómo podemos diferenciar una depresión de un simple periodo de desánimo? 

 

Depresión: ¿qué es la depresión?

La depresión es una enfermedad crónica y psicológica caracterizada, principalmente, por una falta de motivación y una gran tristeza. La depresión se manifiesta en periodos depresivos cuya duración varía dependiendo del individuo, pudiendo ser desde días a años. En el ámbito sanitario se designa a esta enfermedad con el término "depresión mayor".

Sin embargo, existen varios grados de depresión, pudiendo ser calificada como leve, moderada o grave. Esta enfermedad afecta, sobre todo, a nivel psicológico, como en el estado de ánimo y el comportamiento, pero también puede manifestarse a través de trastornos físicos. Por este motivo, una persona depresiva podría ver debilitado su sistema inmunitario y ser más vulnerable a las infecciones.

No obstante, no hay que confundir el desánimo con la depresión. Muchas veces empleamos el término depresión en el lenguaje cotidiano para describir periodos de tristeza, etapas de vacío, de aburrimiento y de melancolía. Pero la depresión es una enfermedad crónica que puede tener serias consecuencias y que necesita atención. 

Depresión: causas de la depresión

Las causas de la depresión son múltiples, complejas e influyen muchos factores. La genética, por ejemplo, puede ser uno de esos factores: numerosos estudios realizados a largo plazo han demostrado que los antecedentes de depresión en la familia puede ser un factor de riesgo. Además, desde un punto de vista biológico, se ha observado en las personas depresivas un desequilibrio de ciertos transmisores, como la serotonina.

El medio de vida es un factor fundamental de la depresión: el consumo de sustancias, la falta de actividad física, unas condiciones de vida y económicas precarias, el aislamiento y el estrés pueden perjudicar profundamente al estado psicológico. Especialmente el desgaste profesional puede conducirnos a una depresión.

Y también los diferentes acontecimientos que tienen lugar en nuestra vida (dramas, duelos, separaciones...) pueden desencadenarla. Sin olvidar los traumas y los malos tratos durante la infancia, los cuales pueden alterar el funcionamiento de algunos genes ligados al estrés y contribuir, igualmente, a una depresión en la edad adulta. 

Depresión: síntomas de la depresión

La depresión se caracteriza por un estado de ánimo alicaído y pérdida de interés o ganas por casi toda actividad durante un mínimo de dos semanas. En el caso de los niños y los adolescentes, es posible observar más irritabilidad que tristeza. La depresión describe un conjunto de cuatro síntomas típicos que son necesarios para realizar el diagnóstico:

- cambios en el apetito, el peso, el sueño y la actividad psicomotriz

- reducción de la energía, cansancio

- sentimientos de desvalorización o de culpa

- dificultades para concentrarse, pensar y tomar decisiones

Además, podemos observar una serie de síntomas suplementarios a estos. Entre ellos, una actitud agresiva, una gran sensibilidad emocional, agitación o, al contrario, la impresión de actuar de forma ralentizada, una disminución de la libido, una sensación de vacío y la impresión de no sentir nada. 

También pueden añadirse a todos los síntomas anteriores dolores físicos como el dolor de cabeza o de espalda. Y algunas personas afectadas llegan a tener ideas suicidas.  

Depresión: tratamiento

En el caso de una depresión entre leve y moderada, es posible tratarla eficazmente con ayuda de una psicoterapia. Si es más grave, es decir, mayor, la psicoterapia puede ir acompañada de la toma de antidepresivos. Estos medicamentos también se recetan en algunos casos de depresión moderada, pero la administración es limitada y muy controlada. Debe ser el psiquiatra o el psicoterapeuta quien establezca el tratamiento.

Para los casos extremos donde el comportamiento suicida es evidente, es necesaria la hospitalización. Y se puede contemplar llevar a cabo un tratamiento por electroshocks con el objetivo de provocar una crisis de epilepsia y, así, estimular el cerebro. Los electroshocks se administran con anestesia general de dos a tres veces por semana durante 6-12 semanas.  

El tratamiento de la depresión depende, evidentemente, de las causas. Pero en los casos en los que la persona afectada tiene dificultades para expresar su malestar, el entorno tiene un papel crucial en su acompañamiento y recuperación.

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